Hay quien mira el poder como un regalo luminoso de los dioses, el fin que justifica cualquier medio. Octavio Santana no lo ve así. A él le parece más bien un disfraz, uno de esos mantos pesados y llenos de pliegues sombríos que llevaban los asesinos a las fiestas venecianas en el 1700, y que utilizaban no sólo para esconder el cuchillo y actuar impunemente, sino para evitar a toda costa que se les transparentasen los sentires y los pensares, tan semejantes a los del resto de los hombres.

Esta manera de considerar el poder le viene de dentro, de la arraigada costumbre de creer que cada cual es obra de sí mismo. Porque en ese trabajoso proceso de autoconstrucción, Octavio ha tropezado una y cien veces con la parte menos sensata y más dañosa de quien ordena y manda. Y no han sido tropiezos amables, pero sí útiles: le han servido para hacer un diagnóstico amargo sobre la naturaleza y las leyes del poder, y para ir redactando a cada paso su propio código íntimo de fidelidades y pasiones.

Esta es una obra insultante como quiera que se mire, y también incómoda. Invita al lector a cuestionar las normas y las jerarquías clavándoles la vista encima, a discrepar de los líderes de opinión, a recomponerse cuidadosamente después de cada decepción y cada batacazo, sabiendo mejor que antes dónde queda el norte. Ensayo tras ensayo, diálogo tras diálogo, Octavio va trazando mapas de un territorio tortuoso, lleno de agujeros imprevistos que se tragan al caminante poco avisado. Insiste todo el rato en la necesidad de subirse a la atalaya, de multiplicar las miras, de amarrarse bien al palo mayor para resistir la llamada de las sirenas-brujas. Al final, el libro es un manifiesto de inocencia, una reivindicación de la ingenuidad reconquistada a través de la sorpresa, la ira y la inteligencia.